domingo, 19 de julio de 2009

Harry Potter y el Misterio del Príncipe


Para empezar, me gustaría realizar un pequeño ejercicio retrospectivo a modo de repaso general de la saga cinematográfica "Harry Potter" (únicamente me referiré a las películas, puesto que considero harto irrelevante analizar en profundidad las novelas de J.K. Rowling, al menos en este post). En primer lugar, tenemos dos cintas dirigidas por Chris Colombus: Harry Potter y la Piedra Filosofal y su secuela, La Cámara Secreta. Mientras que la primera es pura carne de televisión, un relato amodorrado dirigido sin pasión con el único propósito de contentar a los ávidos fans del libro acumulando la mayor cantidad de escenas de este (incluso sacrificando el ritmo narrativo en el proceso, o la anexión entre escenas), donde únicamente destacan algunos pasajes -bien retratados y resueltos, huelga decir- y algunos efectos visuales -pese a que otros, en cambio, son una chapuza-, La Cámara Secreta es una amplia mejora respecto de su predescesora. No solo el ritmo es mucho más ligero y fluido, si no que la cohesión entre escenas es mucho mayor, los efectos especiales son espectaculares (a destacar el Basilisco, realmente bien integrado y muy creíble), contiene mayores dosis de tensión, terror y violencia (realmente agradecidas en una historia detectivesca de este tipo), y grandes escenas para el recuerdo (entre otras, la llegada a Hogwarts en el Ford Anglia, el partido de Quidditch con la "Bludger loca", la quema de Fawkes, la huida del Bosque Prohibido o, sin ir más lejos, toda la parte final en la Cámara de los Secretos). Únicamente se le podría achacar ciertas arritmias en su segunda hora de metraje y, de nuevo, que Colombus nunca se muestra del todo atrevido con el material que posee, limitándose a poner la cámara y ya.

Así llegamos a El Prisionero de Azkaban, dirigida por Alfonso Cuarón y para quien suscribe, la mejor de las seis cintas estrenadas hasta la fecha. Cuarón consigue, no solo dosificar muy bien el tiempo de aparición de cada personaje y sacar muy buenas interpretaciones (¡Pardiez, incluso Radcliffe se muestra convincente!), si no elevarse muy por encima del libro, desechar la paja y centrarse en la idea principal, aportando a la saga grandes dosis de verdadera magia (esa que se ve de fondo pero siempre está presente, sobretodo en los pequeños detalles), de terror (¡Esos dementores!), de trepidancia (en dos horas asistimos a toda suerte de eventos que configuran una de las mejores cintas de magia y aventura de la década) y, sobretodo, de emoción, apoyado por una espectacular fotografía de Michael Seresin, efectos digitales que aún no han sido superados en la saga y un John Williams en estado de gracia a la batuta. Magnífica.

Y ahí llegó Mike Newell (Cuatro bodas y un funeral) para mandarlo todo al traste. No solo destruyó por completo el suspense del que considero el mejor libro de la saga, El Cáliz de Fuego, si no que convirtió el Torneo de los Tres Magos, que tanto juego podría haber dado en la gran pantalla, en un juego de niños, centrándose mucho más en amoríos más propios de Al Salir de Clase que de Harry Potter (no tanto por lo que sucede si no por cómo está explicado). Ayudado por el peor guión de la saga (¿Cómo se puede concebir un guión tan plano y falto de vida a partir de un libro tan trepidante y tenso como ese?), Newell, además, se muestra totalmente apático, más incluso que Colombus (quien, pese a su falta de imaginación visual, al menos aportaba cierto encanto a sus películas, un encanto propio del cine infantil ochentero como El Secreto de la Pirámide o Los Goonies, ambas, por cierto, guionizadas por él mismo), con lo cual se limita a poner la cámara y a rodar. Esa apatía se extiende a las interpretaciones, flojas por no decir algo peor (si en la tercera entrega Radcliffe se mostraba convincente, en esta directamente está asesinable, y el Dumbledore de Michael Gambon pierde absolutamente todo el encanto).

Con semejante (y nefasto) precedente, llegó un semidesconocido David Yates para redirigir la saga hacia otro rumbo. Con su La Orden del Fénix, demostró una solvencia visual y un talento narrativo tales que consiguió una proeza poco menos que loable: convertir el peor y más aburrido libro en una febril y trepidante cinta. Centrándose en lo verdaderamente necesario y olvidándose de subtramas aburridas en las que Rowling se regodeaba, Yates rodea todo el relato del terror que tanto se echó en falta en la cuarta cinta, manteniendo un halo de oscuridad y tensión a lo largo de toda la narración, sin renunciar a planos y escenas que compiten directamente con aquellas que en su día crease Cuarón (pese a que nunca llegue a superarlas). ¿Lo malo? El clímax. Mientras que en la novela existía un clímax largo, terrorífico y triste, aquí encontramos una concatenación apresurada de eventos a modo de precipitada resolución del argumento. La muerte de uno de los personajes clave pasa completamente desapercibida y el desenlace deja un amargo regusto a falta de tiempo y de explicaciones. Lástima. Con todo, un buen filme.

Y así llegamos a este Harry Potter y el Misterio del Príncipe. En el momento de comenzar a verla, mis expectativas eran francamente bajas por varios motivos: las flojas críticas otorgadas por los seguidores de la saga literaria (principalmente, debidas a ciertos cambios insertados en su homónima cinematográfica), las declaraciones del director anunciando que sería la más humorística de todas las películas (cuando el libro es de todo menos humorístico) y, especialmente, mi escepticismo de que se pudiera condensar tantísima información como contiene la novela en un filme. Dos horas y cuarto después, salgo de la sala con una sonrisa de oreja a oreja: no puedo hallarme más satisfecho.


No solo funciona a las mil maravillas como adaptación (dado que condensa muy acertadamente todo el libro en sus dos horas y cuarto de metraje, inventando lo justo para que el relato funcione en cine), si no que también resulta más que cumplidora como película independiente de los libros. Yates, en ocasiones, se permite incluso mejorar el original o aportarle nuevos matices. Con un libro bastante secundario dentro de la franquicia literaria (no en vano, El Misterio del Príncipe no es más que una lograda introducción para el espectacular Las Reliquias de la Muerte), el director y su equipo (en el que destaca el director de fotografía Bruno Delbonnel -autor de la cinematografía de Amelie-) extraen el jugo de dicho libro para crear una película entretenidísima (su extendido metraje en ningún momento se hace pesado), coherente y que en ningún momento insulta a la inteligencia del espectador (cosa que en estos tiempos de blockbusters hiperanabolizados y estupidizantes, de Lobeznos infumables y Transformers amodorrados, ya es muchísimo pedir), rodeada en todo momento de un aura de oscuridad, magia y melancolía.

Y pese a todo, es, efectivamente y tal como decía el director, la cinta con más momentos cómicos de todas. Pero no temáis, esos momentos cómicos no solo funcionan (en gran parte, gracias al talento cómico del reparto), si no que cumplen perfectamente como alivio cómico a tanto suspense. Otra ventaja: la subtrama amorosa protagonizada por Ron Weasley. Lo que en otras manos (no señalo a nadie... ejem, Mike Newell) podría haberse convertido en un pastiche hormonado y empalagoso, es tratado con un sano sentido del humor y verdadera emotividad a flor de piel (la escena protagonizada por Hermione Granger en las escaleras es todo un ejemplo de cómo, con una adecuada dirección de actores, una escena puede sostenerse completamente en los sentimientos de un personaje, al margen de los efectos visuales complementarios). Este detalle marca la diferencia: aquí no vamos a ver batallitas entre magos y criaturas y bonitas florituras con varitas. Vamos a ver una historia, a unos personajes en constante debacle moral. Ése es el mérito tanto del guionista Steve Kloves como de David Yates.

A todo esto, unidle una gran cantidad de momentos que se os quedarán grabados a fuego en las retinas (los momentos en que se juega a Quidditch, toda la parte de la cueva...), maravillosos efectos visuales, unos duelos mágicos más parecidos que nunca a duelos propios del western, una banda sonora muy loable por parte de Nicholas Hooper (mucho mejor que el descafeinado score de La Orden del Fénix), un acertado montaje (el tempo de la cinta es el adecuado, ni demasiado lento ni excesivamente apresurado), unas muy convincentes interpretaciones de todo el reparto (a destacar la labor de Tom Felton -mostrando un lado nunca visto en Draco Malfoy... y no, no es un lado necesariamente malvado-, Jim Broadbent, Michael Gambon y, sí, Daniel Radcliffe -que demuestra tanto su mejoría a niveles dramáticos como una vis cómica a aprovechar-)... Sencillamente, se trata de una obra mucho mayor que su predescesora (a todos los niveles) y de un suculento aperitivo para lo que pueden llegar a ser las dos cintas que conformarán la dupla Las Reliquias de la Muerte.

¿Pegas? Como siempre, ciertas arritmias propias de querer condensar muchas escenas en poco tiempo (aunque, curiosamente, ésta es la entrega en que menos se padecen dichas arritmias), algunos cambios que, al margen de levantar ampollas en los fans más intransigentes de la saga literaria, simplemente están poco justificados dentro de la narrativa, una ligera dejadez en algunas subtramas más importantes de lo que puedan parecer a simple vista y, por qué no decirlo, la sensación de que solamente hemos visto un capítulo introductorio. Un gran capítulo, sí, pero introductorio a fin de cuentas. No temáis: el clímax llegará en poco tiempo. Y está en buenas manos, eso seguro.

Valoración Global:


-La Piedra Filosofal: 5,5/10


-La Cámara Secreta: 7/10


-El Prisionero de Azkaban: 9/10


-El Cáliz de Fuego: 5/10


-La Orden del Fénix: 7/10


-El Misterio del Príncipe: 8,5/10