lunes, 19 de enero de 2009

El cine es incerteza


Después del ciclo de críticas referentes a la saga "Terminator", vuelvo a la carga con el blog para actualizar con una pequeña reseña a modo de reflexión sobre la condición del séptimo arte, no entendido como arte (resultado) en si mismo si no en tanto que profesión (objeto aún por cobrar vida/ser realizado).

El cine es incerteza. Eso queda clarísimo desde el momento en que un cineasta o aspirante (o aprendiz de...) a cineasta quiere dar forma a un intangible como es un guión, un proyecto cinematográfico que solo tiene vida en la mente de quien lo haya imaginado, dicho cineasta está expuesto inexhorablemente al cruel azar. Ya hablé de ello en los dos primeros artículos de este pequeño y humilde blog, y me reafirmo en tales afirmaciones: de nada sirve la planificación si el Destino juega en tu contra.

Os pondré un ejemplo bastante simple: Terry Gilliam. Ayer con Antonio [actor de reparto en mi largometraje "El Deseo Final"] hablábamos sobre este director, y coincidimos de lleno en que se trata, si no del más desafortunado de todos, de uno de los cineastas más gafes de todos los que están presentes en este maravilloso mundo. La lista de desventuras por las que ha tenido que pasar Gilliam a la hora de hacer sus películas es demasiado extensa como para hacerle referencia en este artículo sin alargarlo más de la cuenta. Entre sus particulares odiseas figuran el tempestuoso rodaje de la jamás finalizada "The Man Who Killed Don Quixote" [rodaje que inmortaliza el documental "Lost in La Mancha" o, entre los casos más recientes, el repentino fallecimiento del talentoso actor Heath Ledger, protagonista en la película "The Imaginarium of Doctor Parnassus", filme que Ledger ha dejado a medio hacer, quedando gran parte de sus escenas sin rodar y perdiendo Gilliam casi toda la financiación de la cinta [puesto que Ledger también ejercía de productor].

Gilliam es la prueba fehaciente de que en el cine está bien tener una buena planificación, pero mucho más importante es saber resolver los escollos con imaginación y talento. Esta es la diferencia entre un buen cineasta y un mediocre: la capacidad de sobreponerse a las incidencias con ingenio y encontrar soluciones creativas a los problemas que surgen, que en algunos casos, rozan lo sobrenatural [ahí dejo el pequeño guiño a las famosas "maldiciones" en los rodajes de Hollywood: "El Exorcista", "Superman", "Poltergeist"...].

Esta reflexión la escribo basándome en un criterio estrictamente basado en mi propia [y por el momento, escasa] experiencia como aprendiz de cineasta, y especialmente, en el tempestuoso rodaje de mi primera película, "El Deseo Final", un rodaje que se ha llevado un año y medio de mi vida, ha tenido muchas bajas en el casting, tuvo dos reescrituras del guión e incluso padeció la destrucción del metraje debido a un devastador virus informático. Si aún después de leer esto discrepáis conmigo en lo que he escrito, adelante, en eso se basa el sistema democrático, en la diversidad de opiniones y la libertad de expresión. Yo por mi parte lo reitero: el cine es incerteza.